Xavier Moyssén L.

Julio 2008

Si en términos generales dentro del campo de la producción de objetos simbólicos culturalmente significativos, es difícil encontrar innovaciones, trabajos ligeramente interesantes, atrevidos o capaces de arrancarte una sonrisa, en el mundo de la fotografía, y con mayor énfasis en el de la fotografía que se hace en nuestro medio, esto resulta prácticamente imposible. Por tal razón, cuando se presenta por ahí algo que parece apuntar en otra dirección, no puedes menos que congratularte y esperar que madure lo que en este momento parece es una promesa.


Tal es caso, según me parece, de Óscar Lozano. Quien primero llamó mi atención sobre su trabajo fue Roberto Ortiz Giacomán. A partir de entonces, creo haber visto trabajos de Lozano en la muestra dedicada a la fotografía en el proyecto Monterrey, arte nuestro, y posteriormente en la última de las exposiciones del Salón de la Fotografía, o al revés, pero nada más; por tanto, la exposición que inauguró a fines del mes pasado en el Museo Metropolitano, prometía ser una buena oportunidad para confirmar los aciertos que creía apreciar en su trabajo.


De entrada, debo reconocer que cuando una exhibición me da la oportunidad de abordar distintos temas a partir de su presentación y análisis, ya sean éstos a favor o en contra, el resultado no puede ser del todo negativo y éste es uno de esos casos sin lugar a dudas.


No obstante, de entrada no logro entender el porqué del título, Crimen y ornamento: en ningún lugar encuentro en qué consiste o dónde está el crimen (a menos que nos esté pidiendo ser sarcásticos y digamos que es un crimen la producción de estas imágenes), y por supuesto, menos alcanzo a ver en qué radica el ornamente o qué es lo que hace que estas imágenes sean ornamentales (es más, ni siquiera podría decir si ésta es la intención del título). Tampoco entiendo la insistencia en un formato que no aporta nada a la imagen (en el cuarto inferior de la foto se mantiene, en todos los casos, un rectángulo gris que hace, por tanto, que todas las imágenes sean cuadradas). Quizás este recurso resultaba más agradable y funcional, al igual que todas las imágenes de Lozano, en formatos más pequeños que los aquí empleados.


Al mismo tiempo y más interesante que estos aspectos, creo, es la discusión que podríamos tener sobre la fotografía contemporánea a partir de estas imágenes. Desde mi particular punto de vista, éstas son un magnífico ejemplo de por qué no pueden ser consideradas fotografías en sentido estricto. Concedo, cuando mucho, que en un principio pudieron serlo, pero lo que está colgado en el Museo Metropolitano no es, ni remotamente, lo que llamamos comúnmente fotografías; son un grado superior de imágenes técnicas a las que pertenecen, claro está, las fotografías, pero no por ello hay que confundirlas con aquellas.


Más que continuar esta discusión, aprovecho lo que resta de estas líneas para hacer mención de una faceta de mayor valor que nos descubre el análisis de estos trabajos. Debido a sus características, a la temática y por el tratamiento que tienen, estas imágenes funcionan como alegorías de la luz a distintos niveles. Es la luz la que hace posible la existencia de la fotografía, es la luz la que nos permite ver estas imágenes, es la luz el tema de la mayoría de estas imágenes; es la luz y su omnipresencia un símbolo de nuestra época, es una huella de luz la ausencia de información, o sea, el ruido se manifiesta como eso, con un rastro de luz; es la manipulación de la luz uno de las objetivos en la reproducción que hace Lozano de estas imágenes, etcétera, etcétera, etcétera.


Sin duda, no es ésta la mejor exposición de fotografías que he visto este año, pero sí estoy seguro que es una de las que más curiosidad me ha despertado su visita. Qué bueno que no sea una de ésas en la que prevalece el descuido o de las que se alzan con pretensiones que no les corresponde. Agradezco, en cambio, me haya confirmado que es una promesa y que habrá mucho más y mejor que ver en el futuro.